viernes, 25 de octubre de 2013

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR INEXISTENTE (EDGAR AGRAMONTE. PARTE II)

   Habían pasado dos largas semanas desde que escribí aquella carta, una carta que pretendo hacer llegar e esa persona tan similar a mí, tan similar como posiblemente inexistente.
   No había ocurrido nada digno de contar durante este período de tiempo, todo seguía igual de rutinario y aburrido.
   Decidí guardar la carta sin destinatario en el pequeño cajón de la propia mesa donde la escribí. Cada día al levantarme, y con mi habitual café en la mano, abro el cajón y miro la carta, incluso hay ciertos días que la sostengo en mi mano desocupada, como si eso acrecentara la posibilidad de hacer que esa posible persona llegase antes, si es que algún día lo hace.
   Había introducido el papel que contenía mi mensaje en un pequeño sobre rectangular de color amarillo, un amarillo tan claro que parecía blanco, y había decidido que no lo abriría nunca, la única persona que lo haría sería su propietario, si es que éste existía.
   Me dirigí a la ventana de tamaño considerable que ocupaba el lugar justo detrás de la mesa donde suelo intentar crear historias y relatos. El tiempo no había cambiado, había seguido nevando incluso con más fuerza, aunque en estos momentos no lo hacía. Las calles estaban cubiertas de nieve, apenas se distinguía otro color que no fuese el blanco. A su modo era bonito y hermoso, a pesar de que otras mentes pudieran otorgarles otros adjetivos que poco tuvieran que ver con los míos, tal vez triste o solitario.


   En todo este tiempo no había vuelto a intentar crear ningún tipo de relato, pudiera ser que tanto intento fallido hicieran perder la ilusión de que algún día pudiera crear una historia realmente interesante y digna de buenos lectores. En parte era así, pero era consciente de que tarde o temprano volvería a intentarlo. Quizá cada vez con menos frecuencia hasta dejarlo para siempre. No me gustaba esa idea, la detestaba, pero podría ser que no fuera del todo falsa.
   Volví a caer en mis pensamientos, imaginando: ¿y si otra persona, probablemente el destinatario de mi carta, hubiera escrito otra para mí o para una persona que pueda comprender su situación?
¿Estaría, como yo, frustrado por no imaginar ninguna buena historia? ¿Llevaría también semanas sin ni tan siquiera intentar crear?
   A veces me pregunto si puedo imaginarme cosas así, es decir, hacerme estas preguntas sobre una persona de cuya existencia desconozco, ¿por qué no puedo imaginar situaciones para los personajes y lugares que escribo en las introducciones de mis siempre inacabados relatos?
Hay personas en este mundo, para mí maravillosas, con una pregunta muy similar a la mía, pero no idéntica, y si llegas a la conclusión de hacerte esta pregunta a ti mismo pueden llegar a cambiar muchas de tus ideas. Esa pregunta es: ¿y por qué no?


   ¿Por qué no voy a pensar e imaginar cosas que ninguna otra persona haría? Porque lo que otros consideran ridículo o carente de importancia yo lo puedo encontrar interesante. Es por eso por lo que sueño con ser escritor y es por eso por lo que no puedo dejar de intentarlo.
   Acababa de decidir que aquella carta llegaría a manos de su propietario. Puede que tarde años, puede que mucha gente me considere un estúpido por creerlo, pero estaba muy seguro de que el sobre que contenía la carta volvería a abrirse por unas manos que no serían las mías.

4 comentarios: