martes, 22 de octubre de 2013

EDGAR AGRAMONTE

   ¿Nunca has escrito una carta a una persona que aún no conoces? Yo sí.

   Hacía un frío invernal a pesar de que acababa de comenzar el otoño. Nunca el frío había llegado tan raudo. De los árboles, totalmente desnudos, se podían observar finas capas de escarcha y a las aceras cubiertas por una importante cantidad de nieve. No había mucho tráfico aquel día, la calle estaba exenta de los habituales sonidos de automóviles y motocicletas. La escasa gente que se podía ver en las calles iban ataviadas de gruesos abrigos, guantes y bufandas.


   Observaba todo esto desde la gran y redonda ventana del salón de mi apartamento, me gustaba mirar por aquella ventana. Ésta comenzaba desde el suelo hasta apenas unos centímetros del techo. Era grande, sí, y era extraña, pero aun eran más extrañas sus proporciones. Mi apartamento no destacaba por ser el más grande de la zona, más bien todo lo contrario, era uno de los más pequeños, y aun así, esta ventana era enorme.

   Pasaba mucha horas solo, me gusta la soledad, siempre he pensado que la soledad es uno de los mejores amigos que tenemos si no le dedicas todo el día, y me gusta escribir, sí, me apasiona, pero por algún motivo que no alcanzo a descubrir ni a comprender nunca termino mis historias, mis relatos. Cuando una idea surge en mi cerebro me dirijo veloz a escribirla, parece buena e incluso duradera, pero no lo es, mis ideas nunca lo son, o quizá lo que no es duradero es mi capacidad de crear un buen nudo. Una vez creados los personajes y lugares donde se desarrollará la historia, ¿por qué no soy capaz de crear situaciones?, ¿por qué no puedo complicar la historia hasta tal punto que ni yo sepa solucionarla en el momento en que la creo? Al hacerme estas preguntas me percato de que mi capacidad literaria no es mala y me considero un hombre inteligente. No me quedo sin saber qué escribir en determinados momentos porque mi mente carezca de conocimientos necesarios para la escritura. Entonces, ¿por qué?

   Al día siguiente mientras desayunaba (no sé si a un simple café se le podía otorgar el nombre de desayuno, pero no era más que eso lo que tomaba por las mañanas) me encontraba de espaldas a la gran ventana, sentado a una confortable mesa de color caoba en la que empecé a imaginar, utilidad más que importante para quien se propone llegar a ser alguien en el mundo de la literatura: si en algún lugar del mundo hubiera una persona como yo, una persona que no tuviera un apoyo del todo auténtico por ser incomprendido por los que les rodean, una persona que desease que su imaginación no acabara en el momento en el que finalizara la introducción de sus relatos... Imaginé y pensé: ¿y si le escribiera una carta para decirle que vivo su misma situación? Estoy seguro de que me apoyaría en este problema que me saca de quicio siempre que intento crear. Y yo le devolvería el favor de la misma forma, quizá de este modo uno de los dos (o los dos, ¿por qué no?) podría terminar al fin un relato, podría tener una historia completa de la que sentirse orgulloso. Pero a decir verdad, y reflexionando sobre mis propios pensamientos, me di cuenta que lo que decía empezaba a dejar de tener sentido y estoy seguro de que si se lo contase a alguien me tomarían por un loco o por un hombre que está empezando a perder la cordura, cordura que quizá nunca tuvo.
   Volví a reflexionar sobre estos nuevos pensamiento. Después de un largo rato me dije: ¿desde cuándo la mente de un escritor es cuerda? Si las mentes de los escritores fuesen de ese modo, la literatura no sería lo que hoy es.
Decidí escribir la carta. Cogí papel y una estilográfica y volví a sentarme donde había estado. Aparté un poco la taza de café y me dispuse a ello.


   Esto es lo que escribí:
Querido amante del mundo literario, le escribo esta carta a pesar de que no le conozco y créame cuando le digo que ardo en deseos de hacerlo a pesar de que cabe la posibilidad de que usted ni siquiera exista y esta carta muera en el olvido sin ser leída.
Quiero decirle que comprendo su frustración y que seré, si usted me lo permite, el mayor apoyo que tenga si, como yo, aún no tiene a nadie que le comprenda verdaderamente. Estoy convencido de que en nuestro futuro, y espero que posible encuentro, y con la ayuda de ambos, escribamos uno de los mejores relatos que ojos humanos jamás hayan leído.
Atte: Edgar Agramonte.

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