domingo, 6 de abril de 2014

EL APARTAMENTO DEL MIEDO

El apartamento
Era curioso que la casera de aquel edificio me hubiera dado las llaves del apartamento que pretendía alquilar tres días antes diciéndome que podía ir a verlo cuando quisiera, ella estaría ocupada todo la semana y no me podría acompañar. Pensé que me habría visto cara de buena persona o algo parecido, es lo que solemos pensar en situaciones así. Aún así no dejó de parecerme extraño pero a la vez pensé que observar aquel piso en soledad me sería mucho más cómodo y podría hacerlo durante la cantidad de tiempo que creyera oportuno.

Me encontraba frente a la puerta del edificio, subí dos tramos de escaleras y me encontré con cuatro puertas; una a la izquierda, otra a la derecha y dos más de frente. La mía era la de la derecha, era de color caoba y en la parte superior se podía ver el número 13, plateado y algo hortera para mi gusto. Me pareció algo raro que el número que se encontraba en mi puerta fuese el único de color plateado, pues los demás eran de un triste color dorado. De igual forma abrí la puerta para inspeccionar el piso.

En la entrada había una mesa pequeña junto a la pared de la derecha con un bol de color azul donde dejé la llave. Tras caminar unos pocos pasos llegué al salón, era amplio, todo lo amplio que se puede considerar para hallarme en un piso de soltero. Tenía un sofá de un color rojo oscuro, parecía cómodo, no pude evitar sentarme para confirmarlo, lo era. Justo delante del sofá una mesa color marrón donde transcurrirían mis almuerzos y cenas en el caso de decidir quedarme con la vivienda. Corrí las cortinas que se encontraban a la derecha del sofá y la mesa para observar que también dispondría de una extensa ventana de vistas sencillas pero agradables. Seguí avanzando por el pasillo que se encontraba a la izquierda; la primera y única puerta de la izquierda era el baño, también sencillo, para mí perfecto. La primera puerta de la derecha era la cocina, ideal para hacer cocinar platos de poca duración. Sé cocinar lo básico por lo que no se me dan demasiado bien platos de gran elaboración. Y la segunda y última puerta de la derecha sería mi habitación. Entré en ella y vi una cama también cómoda, lo comprobé, por supuesto, a su izquierda un armario de un tamaño considerable y su derecha una mesita de noche con una lámpara algo anticuada pero práctica.
Tras echar otro largo vistazo más a la casa para percatarme de que no me había dejado nada por ver, y sabiendo el escaso precio del alquiler por el que espera encontrar alguna que otra sorpresa desagradable, decidí alquilarla. En unos días estaría viviendo entre aquellas paredes. Cogí la llave del bol y abandoné la casa por el momento.

Día 1
Llegué al apartamento con la noche cayendo en la ciudad. Abrí la puerta y me dirigí directamente hacia la habitación. Encima de la cama dejé las dos maletas que llevaba mayormente equipadas con ropa y utensilios básicos varios. Tras meter la ropa en el armario y colocar el resto de objetos en los que serían sus respectivos lugares fui al baño a darme una ducha y acto seguido cenar. Esa noche estaba agotado del trabajo y el viaje que había realizado de la que ya era mi antigua casa a la nueva, por lo que decidí acostarme temprano. Me metí en la cama y me tapé con sábana y manta hasta el cuello. Estaba situado hacia el lado del armario con el cuerpo contraído. En la habitación hacía un frío fuera de lo común, supuse que tendría que acostumbrarme a aquella cama y a al nuevo apartamento en general. Intenté dormir y varios minutos después lo conseguí.

Día 3
Me iba adaptando a aquella casa poco a poco. Era un lugar muy silencioso, rara vez se oían a los vecinos y apenas había tráfico cerca del lugar donde se hallaba. En cierto modo esto me gustaba pero había algo que no encajaba con todo ese silencio, y me fastidiaba no saber qué era.
Saliendo del baño y mientras caminaba por el pasillo un cuadro de gran tamaño cayó inesperadamente al suelo, lo que me provocó un breve sobresalto. Era un retrato muy logrado de una mujer de cabello castaño y vestido de un profundo color negro. El cabello le cubría la cara por lo que era imposible contemplar su rostro. La chica se hallaba en un bosque otoñal, las hojas cubrían todo el terreno mientras cálidos rayos de sol iluminaban el lugar.


Me limité a volver a colocarlo en su lugar. El retrato fue un regalo de mi madre, ella sabía que me causaba fascinación y en unos de mis cumpleaños decidió deshacerse de él para regalármelo. Le estuve muy agradecido.

Día 7
Me encontraba cenando mientras veía un poco de televisión. Hacía una noche de fuerte viento por lo que tenía todas las ventanas del apartamento cerradas y la calefacción en funcionamiento. Acabé de cenar y llevé los platos a la cocina para fregarlos por la mañana. Apagué la calefacción y me dirigí a la cama para despedirme de lo que quedaba de día. Una vez acostado y las sábana y manta cubriéndome todo el cuerpo a excepción de la cabeza oí temblar los cristales de la ventana de mi habitación y supuse que era un hecho provocado por el fuerte vendaval del exterior e intenté dormir.
Con el sueño haciendo uso de su poder de una forma casi total en mí la ventana se abrió violentamente provocando sonoros golpes gracias al viento que aún había, propinando, las hojas de ésta, sonoros golpes en la pared. Las sábana y manta volaron bruscamente hacía el otro extremo de la habitación y quedé totalmente desamparado de ellas. Me levanté de la cama todo lo rápido que pude, cerré la ventana rápidamente y me dispuse a rehacer la cama. Una vez de nuevo en su interior reflexioné un poco sobre lo extraño que había sido que un viento de esas características hiciera volar de una manera tan brusca mi protección contra el frío, un frío que todavía se mantenía en aquella habitación desde el primer día y que aún no había cesado. Finalmente el sueño volvió a derrotarme.

Día 13
Amanecía otro día más en aquel extraño apartamento. Estaba tumbado en la cama, despierto, aunque con los ojos todavía cerrados. No había corrido las cortinas por lo que en la habitación reinaba más oscuridad que luz. Disfrutaba de esos últimos minutos antes de levantarme y cumplir las obligaciones que toda persona debe realizar. Entonces giré a la derecha y noté que mi cuerpo se topó con lo que pareció una persona sentada en la cama de espaldas a mí. Mi sobresalto fue mayúsculo. Salí velozmente de la cama y corrí las cortinas para percatarme de qué estaba sucediendo en mi casa. Allí no había nadie. Segundos después me percaté que en el lugar de la cama donde yo había sentido aquel cuerpo incorpóreo había un hueco, una presión ejercida por algo que no era físico. Empecé a ponerme nervioso, no entendía qué estaba pasando. Mis piernas casi paralizadas tropezaron con la sábana que había caído al suelo al que yo también caí gracias a ésta. Tumbado en el suelo miré de una forma inconsciente debajo de la cama. El nerviosismo se convirtió en miedo, y éste, a su vez, en pánico al contemplar lo que se hallaba al otro lado de la cama. Unos pies aparentemente femeninos se encontraban justo delante de mis ojos, había alguien sentada en mi cama.


Apenas podía moverme del terror que invadía mi cuerpo, ¿qué estaba pasando?, ¿quién o qué era aquello? Sacando valor y forzado un poco por la curiosidad que también recorría mi interior me puse en pie y pude ver como la presión ejercida en la cama desapareció lentamente. Seguía sin ver a nadie corpóreo por encima de la cama. Volví a mirar debajo de ésta y aquellos pies también habían desaparecido.
Tenía que salir del piso por unas horas, no podía permanecer en él en esos momentos. Me vestí, me aseé un poco, cogí la llave y salí a despejar estas increíbles dudas que me recorrían la mente.

Día 22
Evidentemente era cierto que el apartamento no era una vivienda como otra cualquiera pero llevaba unos días, más de una semana, sin dormir demasiado. Quizá fuera ese el motivo de aquellos pies que vi debajo de mi cama hace días.
Aquella noche, como ya empezaba a ser habitual, me fui a dormir algo atemorizado, no era para menos dados los últimos hechos en aquella casa. Todo parecía tranquilo y nada fuera de lo común así que me metí en la cama e intenté quedarme dormido. Me fue más difícil de lo habitual pero finalmente lo logré.
Desperté de madrugada y en el más sonoro de los silencios excepto a un pequeño sonido. Era parecido a un pequeño repiqueteo que provenía de la puerta de entrada al apartamento. Parecía que alguien al otro lado de ésta quisiera abrirla con una llave que no era la correcta. Reuní el poco valor que me quedaba e hice uso de él para dirigirme hacia la puerta y mirar qué se encontraba al otro lado. Vi a una mujer de largo pelo negro, el pelo parecía húmedo y su ropa estaba compuesta por vaqueros, blusa y una rebeca algo grande para ella. Era una mujer joven, no tendría más de treinta años. Efectivamente la mujer intentaba abrir la puerta de mi casa con una llave que sostenía con las dos manos. No sé muy bien por qué de repente abrí la puerta. La mujer alzó su rostro hacia mí y sus ojos se encontraron con los míos.
-¿Dónde está mi apartamento? -dijo con voz suave y melancólica.
-¿Pero quién es usted?, ¿a quién busca? -me limité a preguntarle.
La mujer dio media vuelta y comenzó a caminar.
¿Dónde está mi apartamento? -volvió a repetir.
Llegó al primer tramo de escaleras que descendían sin dejar de repetir una y otra vez aquella pregunta mientras las bajaba.
-¿Dónde está mi apartamento?, ¿dónde está mi apartamento?
Cerré la puerta de casa y me senté en el sofá, atónito y sin saber cómo responder a todo aquello. No volví a dormir en toda la noche. Permanecí sentado con un sin fin de pensamientos y reflexiones extrañas hasta que el alba asomó su madrugadora luz por la ventana del salón.

Día 28
Hacía mis maletas mientras la incomodidad y el nerviosismo eran dueños de mí. Sí, abandonaba el apartamento. Todo lo ocurrido en él me sobrepasaba demasiado y temía volverme loco. Lo sucedido provocaba curiosidad dentro de mí, curiosidad e intriga, y mucha, pero no podría aguantar una noche más de miedos y sobresaltos. Cogí las maletas, abrí la puerta y salí al exterior. Una vez en la calle me quedé unos minutos contemplando el edificio. Quizá volviera otro día, quizá ese día decidiera investigar seriamente los acontecimientos que ocurrían dentro de aquella vivienda. Era probable, ¿o quizá no?

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